James Watt  consideró allá por 1769, que quizá se podría emplear el vapor como una verdadera  fuerza económica que pudiese sustituir  la fuerza animal y manual.
Las primeras calderas que se fabricaron tuvieron el inconveniente de que los gases calientes estaban en contacto solamente con su base, y por eso no se optimizaba todo el calor generado del combustible.
Posteriormente, para aprovechar mejor este calor, se les introdujeron tubos para aumentar la superficie de calefacción.
Así las podemos clasificar en:
Calderas pirotubulares si por el interior de los tubos circulan gases o fuego, se les clasifican en (tubos de humo)
Calderas acuotubulares (tubos de agua).